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Enamorados del Morro out 18

            No hace falta ir muy lejos para darse cuenta de la forma en que se ha acelerado la transformación del mundo y en consecuencia  nuestra vida cotidiana. Especialmente en el tema de las comunicaciones. Ya quienes nacieron por los años setenta supieron de la televisión en blanco y negro y de ir a la escuela o salir con los amigos sin que la mamá los esté llamando al celular a cada rato para saber si están bien, cuando vuelven, si llevaron abrigo, y otras virtualísimas maneras del amor maternal. 

            Recuerdo que cuando fui al Morro por primera vez,  a principios de los noventa, había tan sólo un teléfono público. Allí hacíamos cola largo rato quienes queríamos comunicarnos con el mundo más allá de la Isla de Tinharé.  Teléfonos móviles, ¿qué era eso? Ni soñarlo. ¿Computadoras? ¿Quién era el afortunado que  tenía una? ¿Qué era un locutorio?, ¿un local de Internet? Magias impensables para la mayoría de la gente.

Enamorados del Morro

Enamorados del Morro

 Y allá en el Morro más aún. Quizá eso también era parte de su encanto. Parecía estar suspendido en un lugar sin tiempo. Algo así como la isla de Lost, pero sin violencia alguna También como en la isla de Lost, uno de mis hijos quedó atrapado en ella, mas no por la voluntad de algún ser malvado, ni por la belleza de alguna muchacha. Por amor al lugar, a la naturaleza, a la vida sencilla y al lento pasar del tiempo entre mar, barcos, pesca, vegetación, sin automóviles ni ruidos de máquinas. Y si algún ruido se disfrutaba, era el de las fiestas nocturnas en la Segunda Playa al principio, y en algunos lugares especiales después.

Ahora hay incluso una superdisco como Pulsar. Qué lo parió al progreso. No para, corre a mil por hora. Y… para ser sinceros, tiene sus ventajas.

Ahora con mi hijo nos comunicamos por Skype. Gratis, al instante. Antes él había ideado un sistema para no gastar en teléfono y que yo en Buenos Aires supiera cómo estaba. Llamaba a cobrar bajo un nombre falso, Alexis. Eso significaba: está todo bien, no hay noticias. En ese caso yo no aceptaba la llamada y ningún gasto para nadie. En cambio, si él quería hablar, por saudade, para contar algo, ahí sí, daba su nombre y yo aceptaba la llamada a cobrar (claro, siempre pagaba yo).

Además del hijo que se quedó, mis otros dos hijos suelen ir y pasar temporadas en la isla. Es como nuestra segunda patria. Vean qué bonitos son. Bueno, en realidad debería decir eran, porque la foto es vieja. Pero quiero hacer constar que lo siguen siendo, “palabra de madre”.

 

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